
Nunca olvidare la primera sonrisa que me diste
(ni tu mirada clavada en mi en la playa).
No nevaba.
Bueno, si nevaba pero era nieve de mentira, era invierno o hacia frio como en invierno y tu estabas en el café Colonial junto a la Sinagoga Klauss y yo como siempre acabe sin rumbo por Praga, sabes que me encanta esta ciudad, negra como las novelas de truman, silenciosa, como un cementerio a la hora de la cena, tranquila como una escopeta que no dispara, fria y calida a la vez como un helado que hiela la lengua y quema los labios.
Tu madre estaba jugandoselo al todo o nada en las carreras de galgos y estaba muy guapa y rodeada de todos los hombres de la ciudad y nadie era capaz de hacerla perder una carrera pero alguien deberia decirle que la suerte acaba y que cuando tienes el numero ganador mejor cobra el premio y compra zapatos bonitos y una caja de carton para guardarlos.
Te vi con tus partirutas de piano y me sente frente a ti, mirandote como un idiota, como se sientan los niños en el parque a ver pasar las palomas, como se mira la lluvia tras la sequia o como se mira el sol tras la tormenta.
Casi podia escuchar la musica que dibujabas en el aire con tus manos, dedos mordidos, manos recortadas como escopetas mudas, ojos largos, pelo negro.
Al cruzarse tu mirada con la mia y romperse el tiempo mil millones de veces sonreiste como una colegiala que saca buenas notas, tu, princesa de Tombuctú expulsada del paraíso a Berlin, yo, un saxofonista judio y holandes y poca cosa y triste y solo y enamorado de ti para siempre y sin remedio y sin querer hacer nada por remediarlo.
Lo demas es historia tuya y mia de conciertos y teatros, de carreras por las calles y de saltos al vacio, de noches en el desierto y dias en la piscina.
Solo quiero que sepas que para mi todo lo demas no tiene forma y que solo tu eres la primera la unica y la ultima y que el resto pues a vestir santos.
